Descripción del blog:

Este es un blog en el que dos amigas publicamos nuestra historia. Comenzamos con la primera parte; "Aullido en la oscuridad" ¡Esperamos que os guste!

jueves, 7 de noviembre de 2013

Aullido en la oscuridad. Capítulo: 4

Thyler ha ido mostrándome los alrededores del castillo. Diferentes campos de entrenamiento rodeaban el edificio de piedra antiguo. Varios jóvenes entre las edades de quince y dieciocho años luchaban entre ellos hasta que alguien caía rendido, practicaban con armas; espadas, sables, lanzas, cuchillos…
-Aquí te enseñarán a protegerte y, sobre todo, a atacar a tu oponente- me explica Thyler percatándose de la admiración de Kiara hacia los demás jóvenes- ¿Asombrada, verdad?
Me despierto del trance, sobresaltada.
-Un poco, ¿tú ya no entrenas más?
-Sí, bueno, te preparan hasta que cumple la mayoría de edad. En tu caso te instruirán en muy pocos días lo que se ha enseñado a estos chicos en tres años. Serán unos días muy duros, te advierto.
-Podré con ellos- le aseguro convencida de mí misma- Solo una pregunta  más, ¿tendré que acabar con muchos inocentes en la gran batalla?
-Explícate.
-Ya sabes, me refiero a…matar a personas inocentes- susurro- Nunca he empuñado un arma.
Thyler se sitúa delante de mí, a escasos centímetros. De cerca, sus ojos son mucho más amarillentos y reconfortantes. Su corto pelo negro se esparcía, despeinado, por encima de sus cejas. Ahora, una camiseta negra ceñida, ocultaba sus marcados abdominales. Estar a su lado me transmitía seguridad.
-Esta es una lección que no se te debe olvidar, Kiara.- me avisa- En el campo de batalla nadie, repito, nadie es inocente. Todos están allí por un motivo y por un pasado. Eligieron un bando y…
-¡Buenos días, Kiara! ¡Qué madrugadora!- exclama Thai que viene corriendo hacia nosotros. Frena justo a mi lado y mira con recelo a Thyler- Veo que estás bien acompañada… Brígida quiere verte, ahora.
-Será mejor que no la hagamos esperar- comenta Thyler autoinvitándose a la reunión con Brígida.
Los tres juntos entran en el castillo y, en lugar de dirigirse a  las elegantes escaleras de mármol blanco, suben por unas largas escaleras de maderas que, al pisar sobre los peldaños, estas crujían.
 Llegamos al salón de arriba, Brígida estaba sentada en uno de los sillones. Hizo una mueca para que nos sentáramos. Me senté en el sillón más cercano de ella, Thyler se quedó de pie, apoyado en la chimenea.
-Ya veo que os habéis…conocido.-dijo mirando a Thyler, fulminándolo con la mirada.
-Ya me han informado de que tengo que aprender a luchar en pocos  días.- dije mirando a Brígida, que seguía con la mirada puesta en Thyler.
-Si es verdad, querida mía, yo he de decidir quién es tú…entrenador, adiestrador.-dijo mirándome.  Thyler miraba la chimenea encendida. El fuego iluminaba sus rasgos. Se giró hacia al joven apuesto.- Querido, tú serás su adiestrador, eres buen luchador. No me cabe la menor duda de que harás de ella una gran…
-¡No! ¡Quiero ser yo!- grita Thai apareciendo de entre las sombras.
-Jovencito, con esto no se juega. Aun estas en el primer año.-le regaña Brígida.
-¿Y si me niego?- pregunta Thyler mirándome.-Sabes que está muy atrasada en esta disciplina, no me puedes pedir que haga esto.
-Aceptarás…porque te lo ordeno yo.- dijo muy seria. Los ojos de Thyler se oscurecieron.
- Está bien.- accedió enfadado.- ¿De cuántos días dispongo?
-De tres días.-  aseguró inexpresiva. Las facciones de su anciano rostro se tensaron.
-¡Pero si aún no ha descubierto su poder! ¡Cómo me puedes pedir esto! Es imposible…- exclamó alzando los brazos.
- No me subestimes, saldrás perdiendo.-le dije confiada. Sus ojos se oscurecieron más.
-Me alegro de que os llevéis también.- dijo en tono irónico. Se dio la vuelta, dándonos la espalda a Thyler y a mí.
-Pues…vamos a empezar.- dijo mientras venía hacia mí. Me levante rauda. Salió por la puerta antes que yo, me costó un poco alcanzarlo.
Bajamos las viejas escaleras a toda prisa, Thai se había quedado arriba, seguramente enfadado por la decisión de Brígida. Me cogió del brazo y me llevo a otro rincón apartado. Antes al empuñar aquella espada, me había sentido libre, ahora…se me daría también manejar la espada como realizar otras disciplinas… Se paró en medio de un gran círculo dibujado en el suelo. Me lanzó una espada y el cogió otra.
-Enséñame lo que sabes hacer.- dijo empuñándola con sutileza. A primera vista, parecía como si hubiera nacido para aferrarse a un arma. Su pose al sujetar la espada, era muy distinta a como lo hacían otros estudiantes. Era mucho más elegante y delicada.
Algo en mi interior me decía que no pensará, que fuera a por él. Y así fue. Él esquivo aquella puñalada que iba directa a su corazón con un ágil movimiento.
- No ha estado mal, ¿qué más sabes hacer?- preguntó con una pícara sonrisa.
-Si no me atacas, no te lo puedo demostrar.- le dije insinuante.  Esa voz en mi mente se había adueñado de mí ser, dejando a un lado a la Kiara tímida  frágil como el cristal.
- Si es lo que quieres…-dijo muy serio, alzando las cejas.
-Lo que quiero es una pelea de verdad.-le dije empezando a enfadarme. Me estaba infravalorando.
-Lo que desees.- dijo haciendo una reverencia.
Empezó a atacar a diestro y siniestro, yo esquivaba y atacaba, con igual de ímpetu que él. No me dejaría ganar, no le dejaría pensar que soy tan frágil. Fue a atacar y mi interior me dijo: “Ábrete hueco. Busca su punto débil” Yo efectué el movimiento que mi mente me había dicho. Su espada cayó y mi cuerpo actuaba por sí solo, mi cabeza no pensaba. Ni siquiera estaba cansada. Me levante rápido del suelo y le hice un barrido con la pierna. Ya no llevábamos espadas. Cayó al suelo. Sus ojos parecían dos fuentes de fuego, aquellos preciosos ojos dorados, ardían de rabia. Cogí su espada del suelo, y le apunté al corazón. Llevábamos quince minutos luchando sin parar.
-No está nada mal, para ser la primera vez que luchas.-dijo ocultando su ira por haber perdido. Tiré la espada y le ayudé a levantarse.
-Gracias, te avisé de que no me infravalorases.- le dije con tono de superioridad.
Se giró y fue a por un arco situado en una gran caja construida por barrotes de metal en el centro del campo de entrenamiento. Cogió las flechas y un arco plateado, parecía muy pesado.
-Vamos a comer en el bosque, espera aquí.- dijo dándome el arco. Se fue corriendo.
Estuve esperando varios minutos, observando anonadada aquel bonito paisaje. Me di cuenta de que había unos cuantos pequeños cuchillos esparcidos por el suelo y tres dianas al fondo. Me acerqué, quería probar mi puntería. Cogí los cuchillos y, sin pensar, lancé el primero dando en el centro de la diana. Agarré el segundo y volví a tirar sin pensar, volví a dar en la diana. Tiré el tercero, del mismo modo que los anteriores, este también dio en el medio. De repente, empecé a oír un ruido de cascos de caballo, a divisé a Thyler con dos caballos, uno marrón muy oscuro y otro blanco. Se acercó a mí.
- ¿Has montado alguna vez a caballo?- preguntó mientras cogía las armas y se las iba guardando en los huecos de una especie de cinturón.
-No.- le dije, él se cruzó las dos dagas en la espalda. Empezó a rebuscar por el suelo.
-Pues está va a ser tu primera vez.- dijo mientras seguía buscando.
- ¿Qué haces?-pregunté intrigada.
-Buscar los pequeños cuchillos que había dejado aquí.- dijo siguiendo buscando, sin levantar la vista del suelo.
-Sé donde están.- le aseguré entre pequeñas risas. Empecé a andar lentamente hacia las dianas. Notaba como la mirada de Thyler se clavaba en mi espalda. Llegué a las dianas y fui desclavando uno a uno todos los cuchillos que había lanzado anteriormente.  Me giré hacia él, quería ver su cara. Se mostraba poco… ¿enfadado? Me acerqué hasta su altura.
-¿Los has clavado tú?-pregunto curioso.
-Sí, mientras estabas buscando a estos dos caballos.-dije dándole los cuchillos, me dirigí a los caballos para acariciarles. Nunca había estado tan cerca de unos animales tan bellos como aquellos.
-Ya, y no te han dicho que se hace lo que te diga tu adiestrador.-dijo con tono enfadado.
-Pues mira, hasta ahora, no. -le recriminé sin mirarle.
-Bien…nos vamos a ir a hacer tiro al bosque. Quiero comprobar tu puntería con mis propios ojos, andando.-dijo mientras se metía los cuchillos en sus respectivos huecos.- Este es el mío y este es el tuyo.-dijo mientras se acercaba a el caballo oscuro. Le acarició el lomo.
-¿Tienen nombre?- le pregunte mirándole a los ojos.
-Sí, el tuyo se llama Alma y el mío Vivaz. Yo mismo los llevo criando y adiestrando todos estos años de mi estancia aquí.- Apoyé un pie en el estribo de cuero negro.-Ten cuidado, ¿quieres que te ayude?- me preguntó acercándose a mí.
-No, no hace falta.- le dije mientras cogía impulso y subí a la silla de montar a la primera.
Al ver que ya estaba arriba, subió. No tardamos ni un segundo en emprender el viaje al bosque.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Aullido en la oscuridad. Capítulo: 3


Miré asustada a la anciana mientras Thai, tenía una leve sonrisa dibujada en la cara.
- ¿Greencoast, dónde estoy, en qué parte del mundo? ¿Qué es este lugar? ¿Qué queréis de mí?
-Se me olvidaba, querida mía, hoy es tu cumpleaños, felicidades. En cuanto a tus preguntas, tendrán respuesta muy pronto. Ven conmigo, vamos a tomar un té.- dijo tratando de calmarme, pero fue en vanó los nervios se apoderaban de mí, aquel lugar lo conocía, había soñado con él más veces.
- Está bien, pero luego me iré.- dije con una voz baja. Una completa desconocida, era la única persona que le había felicitado por su día. Kiara pensaba que se estaba volviendo loca.
-¿A dónde te irás? No tienes a nadie, tu tía te repudia.  Este es tu nuevo hogar, aquí se cumplirá tu destino.- dijo calmada, pero sus ojos tapados detrás de las lentes, se oscurecieron.
-¿Mí destino…?- dije pensativa, no sabía de qué hablaba.
-Todas las preguntas que tengas serán respondidas, pero ahora es importante que vengas conmigo a dentro y que por ahora nadie sepa que estas aquí.- me cogió por el brazo y me metió en aquel castillo.
Entramos en las entrañas del antiguo edificio. Todo estaba oscuro. Cerró la puerta y echó un gran cerrojo. Se dio la vuelta y dio dos palmadas al aire. Se encendieron unas brillantes antorchas blancas que daban luminosidad a toda la entrada.  Había un gran pasillo lleno de memorables cuadros de batallas y personas que, según lo pensaba Kiara, debían de ser importantes. Todo era de piedra. Al fondo del pasillo había unas hermosas escaleras de caracol de mármol blanco. Olía a humedad, debido a que no había ni una sola ventana en toda la parte de abajo. Me hizo un gesto para que las subiera. En cuanto llevaba un tramo de escaleras, la anciana, paró en uno de los cuadros al que se quedó fijamente. Me acerqué a ella.
-¿Le sucede algo?-le pregunte de buena educación, posando una mano sobre su espalda.
-Mira…-  Brígida le señaló uno de los cuadros había una muchacha vestida de negro, como si fuera una especie de armadura, con una fina melena marrón al aire y unos ojos azules. Miraba hacia el horizonte. A su derecha, se encontraba un lobo. Tenía el pelo marrón cobre y unos ojos penetrantes de color miel. El paisaje era aquel castillo, aunque aparecía destruido bajo un cielo de color rojo.
-¿Esa soy yo?- pregunté incrédula- ¿Por qué aparece mi imagen en ese retrato?
Kiara comenzaba a asustarse. Necesitaba respuestas.
- Los cuadros de este lugar no solo rebelan el pasado, si no los hechos importantes del futuro. Ese es tú destino.- dijo la anciana mirándome directamente a los ojos.- Subamos arriba, te lo explicaré todo.
Me quedé mirando el cuadro, pensativa. ¿Quién sería aquel lobo? “Un momento” recuerda ella. “En mi sueño aquella cúpula de luz blanca, se rompía por el aullido de un lobo…no sería que aquel lobo quien la habría roto.
Subí las escaleras, Thai ya estaba arriba del todo, acompañado por la anciana. Había tres puertas. Ese lugar ya tenía varias ventanas, una fina, por la que se podía ver aquella estrecha llanura verde al fondo, altas y duras montañas.
-Kiara, por aquí. Mira está puerta da al comedor, a la biblioteca y a la sala de estar. La del medio da a las habitaciones y la de la derecha, da a un viejo salón de fiestas y a la azotea. No te recomiendo subir,  a no ser que vayas acompañada.- dijo Thai guiñándome un ojo.
-Entendido.-dije desviando la mirada.
Entramos a la puerta de la izquierda. Había una gran sala repleta de ventanas acristaladas por las que se veía todo el paisaje. Había en un pequeño rincón y, frente de una enorme chimenea, dos sillones antiguos pero bien cuidados. Todas las paredes estaban ocupadas por estanterías llenas de libros, excepto una de ellas que contenía un gran cuadro. El cual, reflejaba dos extremos uno muy claro y seguro y otro muy oscuro y frío. La luz y la oscuridad. En una de las esquinas, había una gran mesa de comedor. La habitación estaba iluminada por muchas antorchas de la misma luz blanca de la entrada. Aun entraban rayos de luz por la ventana. De repente,  apareció Brígida con una reluciente bandeja de plata que contenía un precioso juego de té. Lo posó en la pequeña mesita, entre los dos sillones. Seguía admirando aquel lugar tan desconocido pero, al mismo tiempo, tan bello.
-Acércate, querida mía, y siéntate conmigo a tomar el té. Yo te ilustraré sobre tus preguntas.- dijo con un tono calmado, educado y cortés al mismo tiempo.
Me senté en el sillón que estaba al lado suyo, mientras Thai bajaba uno de los libros y se sentaba en una de las sillas. Se puso a leer mientras la anciana me ofrecía una taza de té.
-Preguntadme.-dijo aquella mujer impaciente.
-¿Qué es este lugar?-pregunte más tranquila. Ya había cogido confianza con aquella mujer.
- Es un lugar paralelo a la tierra, donde se decide el destino del mundo, en cuanto a luz y oscuridad se refiere.
- ¿Qué significa eso? Contadme todo, por favor.- le rogué.
- Hace mucho tiempo, cuando el hombre aún no distinguía del bien o del mal, se creó una nueva raza de hombres, somos iguales que ellos, más que poseemos ciertos poderes que van apareciendo a lo largo de la vida del individuo. Vivimos para decidir el destino del mundo y equilibrarlo, separando el bien del mal.
-  ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?
-Eres hija de uno de nosotros. Estás destinada, como en aquella imagen que viste, a salvarnos a todos.- dijo aquella mujer mientras bebía un sorbo de aquella taza que sujetaba firmemente.
-Soy hija de uno de vosotros, ¿de quién? ¿Por qué os tengo que salvar? ¿Y de qué?- pregunté alterada.
-De una de las más grandes protectoras de la luz. Ella se te aparecerá, te revelará su identidad, cuando lo deseé- dijo muy serena.- Ella sabe que estás aquí, pero quiere presentarse cuando estés preparada.
-¿Qué quiere decir con cuándo esté  preparada?- pregunté muy curiosa.
-Cuando sepas luchar y descubras tu poder.- dijo aquella mujer dejando la taza en la bandeja.
-Entonces, ¿qué es exactamente este lugar?- pregunté sorbiendo un poco de té.
-Es un castillo de entrenamiento, donde acogemos a huérfanos y dónde vienen a entrenar todos los jóvenes de los alrededores.- dijo explicativa, mirando por la ventana, y luego a Thai- Aquí se preparan hasta que cumplen la mayoría de edad.
-¿Cuál es mi destino?- dije entrecortadamente. Todo era muy confuso.
-Es librar la última batalla de la luz contra la oscuridad. Tú y varios de tus nuevos compañeros, la ganaréis. Habéis sido los elegidos.- dijo empezando a impacientarse.
-¿Quiénes son las demás elegidos?
-Yo no te lo puedo revelar, lo iras viendo tú, poco a poco en tu estancia aquí. Al igual que muchas otras cosas.
-¿Por qué este es el único edificio qué se mantiene en pie?
Brígida suspira, cansada de tantas preguntas.
-Te voy a contar una historia que, tal vez, te ayude a entender.  Una mujer, muy bella, de gran rango en el poder de la luz, se casó con el hombre más importante también de este. Juntos tuvieron una hija. El mejor amigo de su marido, estaba enamorado de ella y se lo confesó, ella hizo oídos sordos de sus sentimientos. Pronto, empezó a haber guerras, pequeñas, de no mucha importancia, hasta que le tocó luchar a esa mujer y a su marido. Sabían que sus posibilidades de ganas era insuficientes,  así que mandaron a la hija con la hermana de la madre, que no había desarrollado sus poderes, a la cuidad. En la guerra, lucharon estos tres con alma y corazón. Cuando estaban a punto de perder, él marido de ella, le dijo que se fuera, que huyera, y así lo hizo. Cuando al cabo de unos días volvieron los que consiguieron escapar, solo volvió el amigo de su marido, ella cayó en la pena, y no fue a por su hija. Su amigo volvió y le sirvió de apoyo para superar la muerte de su esposo. Al cabo de los meses, ella se enamoró de él y él de ella. Un día, un conocido de aquella mujer que lo habían dado por muerto, a pareció y le reveló lo verdaderamente sucedido. Él mejor amigo de su marido, cuando estaban a punto de matarlo, en lugar de ayudarlo, dejo que lo mataran. Quería a su mujer solo para él. Ella, enfadada y llena de ira, hizo un intento de acabar con su vida. Pero él lo sabía y cuando ella lo fue a matar, huyó, renunciando a la luz y a sus poderes. Se unió con la oscuridad y ahora es su cabecilla. Es más fuerte que nunca. Se ha vuelto en el ser mágico más peligroso de toda la comarca- dijo la mujer, mientras yo la escuchaba atentamente.
-¿Por qué me cuentas esto?- pregunté asustada. De alguna forma u otra, todo este estaba relacionado conmigo. La vida tal y como la había conocido ahora, desapareció.
-Porque ella era tu madre y, a aquel hombre que mató,  era tu padre. Kiara, tú eres quien debe derrotar a Deathmort. Eres la elegida para salvarnos de la oscuridad eterna.-dijo ella con la cabeza agachada.
- ¿Cómo lo sabes lo que paso?-pregunte, empezando a sentirme furiosa y con las lágrimas a flor de piel.
- Porque yo estuve allí. Yo ayudé a tu madre, ayudé a todos.-dijo cabizbaja.- Hemos pasado mucho tiempo hablando, te he contado demasiado. Mañana empezarás a entrenar. Dormirás aquí. Thai enséñale su cuarto.
Thai se levantó dejando el libro en la silla. Me cogió de la mano y salimos de aquel cuarto, en el que se palpaba la culpabilidad. Subimos las escaleras, en silencio. No podía dejar de pensar en todas las repuestas que Brígida me había dado hace unos minutos. Toda mi antigua vida fue una mentira, una farsa. Mi madre está viva…Yo soy la elegida…Kiara tenía mucho en que pensar esta noche. Thai y la joven llegaron a un lugar dónde había tres puertas.
-      Kiara, la mía es la de la derecha y la tuya es la de la izquierda. Tiene las mejores vistas. Estoy seguro que las disfrutarás. Buenas noches.- dijo mirándome y sonriendo suavemente. Le devolví la sonrisa.
-Buenas noches, Thai.- dije amablemente. Me metí en la habitación.
Era una torre, estaba claro. Tenía todo adornado por ventanas y cortinas de terciopelo. Estaba anocheciendo, y las vistas era preciosas des la ventana junto a la cama. La habitación era de piedra, como el resto de la estructura del castillo. En una balda de la parte de abajo había muchos pares de zapatos, de muchos colores y formas. Abrí el armario, había mucha ropa, miré a ver si había un pijama, y sí efectivamente, uno de seda azul, como el color de mis ojos. Lo saque y me lo puse, deje la ropa tirada en una pequeña mesa de escritorio que había enfrente de la cama. Había una puerta que daba a un baño y otra más pequeña que daba a un alijo de armas de todo tipo. Me fui a la cama e intenté dormir. Dejando mi mente en blanco. No le apetecía pensar en que le depararía su destino.
“Otra vez aquella luz cegadora que me envolvía sin escapatoria. A primera vista parecía una fina capa de centelleantes y diminutas estrellas pero, cuando me conseguía encerrar en ella, se volvía rígida y dura como una roca. Volvía a sentirme como si mis fuerzas disminuyeran  a la vez que la cubierta de luz se echaba sobre mí. De pronto, un estruendoso ruido rompía la cúpula dejando paso a una densa oscuridad. Era un aullido de lobo.
Notaba como un sudor frío le recorría mí espalda mientras respiraba con dificultad. El aullido no cesó hasta acabar con la luz cegadora y brillante, dejándome libre y aturdida. Fugaces sombras me rodeaban reclamando mí nombre.  Cada vez, giraban a su alrededor a más velocidad, aclamando su nombre.  ¿Qué querrían de mí? El grupo de sombras siniestras se abrió paso ante mí, dejando visibles dos grandes ojos color miel. Está vez, pude vislumbrar un poco más, su pelaje era color marrón cobre, como el del cuadro. Las sombras seguían rodeándome, pero intenté no prestarles atención. Me acerqué a aquel lobo, fui a acariciarle el pelaje pero algo me lo impedía…”
Me desperté, ya era por la mañana. Debían de ser las seis y el sol de la mañana mostraba sus primeros rayos del día.  Ya no podía volver a conciliar el sueño. Ese lobo, es el mismo que el del cuadro, sé que he de encontrarle. Algo en mí me decía que bajara, que tenía algún tipo de sorpresa esperándome. Me levanté de la cama de un brinco. Cogí una especie de vaqueros negros, más pesados que unos normales, una camisa de color blanco ceñida, con detalles es oro y las botas, aquellas eran altas y de cuero negro. Me las puse, me llegaban por la rodilla. Salí del cuarto corriendo. Baje las escaleras, y llegué al patio.
Abrí la puerta, quitando el cerrojo, el frío mañanero caló mis huesos. Cogí una de las espadas de la entrada. Algo en mis a adentros, se me removió para que lo hiciera. La espada era pesada, con la empuñadura de oro y detalles en plata. El campo de entrenamiento de afuera, era uno de los más grandes que debía de haber en el castillo. Había un espantapájaros clavado en el suelo, seguramente para practicar con la espada. Me acerque a él, cerré los ojos  y mi mente se relajó durante un momento, más tarde, mi cuerpo hizo el resto. Jamás me había movido así, yo era una negada para educación física, pero ahora parecía lo contrario. No conseguía estar bien, tenía la sensación de que me estaban observando. Cerré los ojos suavemente, y oía las pisadas de un animal, grande, pesado, camuflado entre los arbustos de detrás del espantapájaros de prueba.
-¡Sal de ahí! ¡Sé que estás ahí!- dije sin obtener respuesta de ningún tipo.- Muy bien iré a por ti.
Dejé la espada en el suelo, me concentré. Algo en mi interior, me decía “Rápida y sigilosa, bonita como una flor, pica como una avispa”. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en medio del bosque, perdida. No había rastro de ningún animal. Solo la presencia de un joven apuesto con el torso descubierto.
-Tranquila, no te voy a hacer daño.- dijo aquel chico clavando su mirada en Kiara. Sus ojos marrones como la miel le intrigaban y fascinaban a la vez.- Me llamo Thyler
-      Yo me llamó Kiara.- dije con la voz temblorosa. Tenía la sensación de haberle visto antes.








martes, 5 de noviembre de 2013

Aullido en la oscuridad. Capítulo: 2


Una luz cegadora me envolvía sin escapatoria. A primera vista parecía una fina capa de centelleantes y diminutas estrellas pero, cuando te conseguía atrapar,  se volvía rígida y dura como una roca. Kiara sentía como sus fuerzas disminuían a la vez que la cubierta de luz se echaba sobre ella. De pronto, un estruendoso ruido rompía la cúpula dejando paso a una densa oscuridad. Era un aullido de lobo.
Kiara notaba como un sudor frío le recorría su espalda mientras respiraba con dificultad. El aullido no cesó hasta acabar con la luz cegadora y brillante, dejando a la joven libre y aturdida. Fugaces sombras la rodeaban reclamando su nombre.  Cada vez, giraban a su alrededor a más velocidad, aclamando su nombre.  ¿Qué querrían de ella? El grupo de sombras siniestras se abrió paso ante ella, dejando visibles dos grandes ojos color miel. Esa mirada consiguió ponerle los pelos de punta. Le ponía nerviosa y a la vez le transmitía seguridad, protección…
Sobresaltada y empapada en sudor, Kiara despertó de su sueño, saltó de la cama y caminó hasta su pequeño armario. Otro nuevo día comenzaba y  ya tenía dieciocho años. Se supone que, cuando cumples años y es tu gran día, todo te parece de color rosa. A la gente normal todo el mundo les regalan cosas y les felicitan…son personas que les quieren. Kiara no conocía ese cariño, no sabía nada del amor de una madre a su hijo y, dadas las circunstancias que vivía día a día, nadie la iba a felicitar por sus dieciocho cumpleaños, ni siquiera a acordarse de que hoy es su día. Su gran día.
Rápidamente, se viste con unos vaqueros desgatados que se amoldaban a sus delgadas piernas, sus botines negros con cordones y un jersey ancho de punto del mismo tono que su calzado. Se acerca a su tocador y contempla su reflejo. Nunca le ha gustado ir maquillada pero, es su día y, aunque solo ella lo vaya a compartir consigo misma, quiere verse distinta. Coge su rímel y se aplica un poco en sus largas pestañas de forma que hace que resalten sus grandes ojos azules. Para finalizar, destapa una barra de labios color carmín y aplica ligeros toques sobre sus labios carnosos. Lista, ya es suficiente.
Recoge su mochila del suelo, la cual se carga al hombro y baja las escaleras hasta llegar a la cocina. Como de costumbre, todos están desayunando juntos alrededor de una mesa llena de suculenta comida. Falta su plato, y no le extraña. Siempre ha sido así, nunca fue bienvenida en esa casa. Daría lo que fuera por salir de allí. Ya no tiene apetito así que, con la cabeza alta, sale de la casa sin despedirse de nadie. Ellos no lo harían.
Hay algo diferente esa mañana, la gente suele mirarla con desprecio y los vecinos de las demás viviendas de la calle, cuchichear entre ellos. Eso no sería así si su tía ni hubiera sacado trapos sucios de donde no las había. Se dedicaba a inventar habladurías sobre mis fallecidos padres y, a raíz de ellos,  mías. Hoy no, la gente pasaba a su lado cabizbaja, otros caminaban deprisa sin quitar la vista del frente… No la rehuían ni criticaban, era como si no existiese para ellos en ese nuevo día nubloso y gris.
A dos manzanas del instituto, Kiara se para en seco y recuerda que ha olvidado su redacción de biología sobre la mesa de su habitación. Mira su reloj de pulsera, aún faltan veinte minutos para que comiencen las clases, si se da prisa puede llegar a tiempo. La muchacha comienza a correr calle abajo sin quitar la vista de las manecillas del reloj. Tiene diez minutos para recoger lo olvidado y correr hacia el instituto. Puede conseguirlo.
Fugaz como una flecha, Kiara mete la mano en el bolsillo delantero de su mochila y saca las llaves de la casa. Al primer intento, introduce la llave en la ranura de la cerradura de la puerta, tiene que hacer fuerza para terminar de abrirla completamente. Una vez abierta, un humo blanco sale de recibidor e impide la visión de Kiara. Mueve las manos para intentar despejar el lugar y, al mismo tiempo, siente como una sensación de humedad se adhiere a su piel. La niebla se desvanece, dejando ante los ojos de Kiara un lugar completamente distinto. Los muebles habían desaparecido, dejando en su lugar, densos arbustos verdes y densas hiedras que cubrían las paredes. La madera del suelo se había convertido en maleza y la humedad reinaba en todo el ambiente. Kiara dejó que la puerta se cerrase, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. ¿Qué había pasado con la casa? ¿Dónde estaban todos? La mochila resbaló de su hombro y cayó sobre la hierba lata que conseguía llegarle hasta más arriba de los tobillos. 
-¿Hola?- preguntaba ella asustada. La única respuesta que recibió fue su eco desvaneciéndose en la casa. Comenzaba a sentir como el miedo le recorría todo el cuerpo. Le temblaban las piernas y la misma sensación de sudor frío le embargaba de nuevo, al igual que la anterior noche en su sueño.
Aterrorizada, Kiara vuelve a salir de la casa con la esperanza de que todo vuelva a la triste normalidad, pero no es así. Al salir, la calle ha desaparecido, junto con las carreteras y las personas que se dedicaban a lanzarle miradas de odio y desprecio a esas horas de la mañana. Un gran contraste entre un frondoso bosque y la ciudad se encontraba ante la vista de la joven. ¿Y si no se ha despertado de su sueño? Con el miedo apoderándose de ella, aprieta los ojos con mucha fuerza, tanto que incluso llegan a dolerle. Sobresaltada, los abre al escuchar un chasquido procedente de unos matorrales cercanos. Siente las ganas de correr de nuevo hacia la casa, esconderse allí y no salir jamás. Retrocede unos pasos, sin apartar la mirada del seto del cual se ha escuchado el ruido. Anduvo demasiados pasos, ya debería haber llegado a la casa de su tía. Levemente, observa de reojo y contempla como la morada se ha volatilizado, como tantas otras cosas. Está perdida.
-¡Hola!- grita una voz aguda que asusta a Kiara. Un niño de baja estatura, aparece de entre los matorrales. Con grandes zancadas se acerca a ella. A medida que se aproxima, observa que varias pecas adornan el rostro del joven que, por su apariencia, no debe tener más de once años.
Kiara intenta pronunciar alguna que otra palabra, pero el temor le ha robado hasta el habla.
-¿Qué te pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato?- le pregunta el jovencito bromista- Me llamo Thai, ¿y tú eres…?
-Me…me llamo Kiara, Kiara Waldlow- le contesta ella en un susurro casi inaudible.
El muchacho palidece al escuchar el nombre de la joven. No puede ser…es ella…Thai saca un doblado y viejo papel amarillento del bolsillo de su chaqueta. Kiara no consigue ver su contenido, perola expresión del niño le intriga. Observa varias veces la imagen presente de Kiara con su pergamino. Pasan uno minutos hasta que vuelve a guardarlo en su chaqueta.
-Tienes que venir conmigo, ahora- le advierte Thai.
-¿Cómo?- se extraña ella- No iré a ninguna parte hasta que no me digas que sitio es este. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
-Haces demasiadas preguntas y yo no tengo las respuestas idóneas para ti. Solo tengo doce años, me queda mucho por aprender y…descubrir. Ven, confía en mí y sígueme.
Veloz, Thai gira sobre sí mismo y camina con pasos largos y decididos. Kiara lo sigue, admirada por el paisaje del bosque y exhausta por su largo trayecto. Gran parte de ese lugar estaba repleto de bosques y laderas, todo menos una sola parte. Al final, se divisaban unos edificios altos de tonalidades azules y colores metálicos. La mayoría de ellos destruidos o derrumbados.
-Ya hemos llegado, Kiara.- le avisa el pequeño- Bienvenida a tu nuevo hogar.
-¿Mi nuevo hogar?
Ante sus ojos, aparece un enorme castillo, rodeado de pequeñas cabañas de madera. La belleza del lugar asombra a la joven que no quita la mirada de ni un solo detalle.
-Es precioso, ¿verdad?- le pregunta Thai con una gran sonrisa. A primer contacto, le ha caído bien. Pensándolo, por ahora es la única persona que le ha ayudado de alguna forma a llegar a un lugar seguro- Ven-le coge de la mano- te presentaré a Brígida, la dueña de este lugar.
Juntos, atraviesan la ladera que cruza lo que parece un campo de entrenamiento y las chozas. A escasos metros de la última cabaña, unas escaleras de piedra gris y mármol conducen al inmenso castillo donde, a la entrada, una mujer de avanzada edad y largos cabellos amarillo platino, espera su llegada.
Thai suelta la mano de Kiara y sube, a gran velocidad, los peldaños de todos los tramos de escalera. Se sitúa junto a la señora que le tiende una mano a Kiara desde arriba. Hay algo en la figura de aquella mujer que le reconforta. Camina, temerosa hasta el antepenúltimo escalón en el que frena en seco. Ambas, se miran fijamente. Los ojos de la anciana son de un color gris apagado, escondidos tras unas lentes de vidrio redondas. Sus labios finos dibujaban una leve sonrisa en su rostro. Kiara acepta la mano de la mujer que le transmite seguridad.
-Bienvenida a Greenscoat, Kiara Waldlow.








lunes, 4 de noviembre de 2013

Aullido en la oscuridad. Capítulo: 1


Notaba el viento en la piel, el frío helaba mis venas.  Una mañana invernal y gris entristecía el día. Caminaba hacia el instituto, como todas las mañanas en Brooklyn.  Las miradas de los compañeros por los pasillos se  me clavaban como puñales, mi belleza obligada a ser tapada por un halo de oscuridad, sabía que la envidia se palpaba en el ambiente. Ya eran diecisiete años de aguantar las habladurías de todos aquellos que me rodeaban, diecisiete años de amargura a cada instante, sin amor recibido ni encontrado…No había día que pasara sin preguntar quién se iba a fijar en mí, en ese velo de oscuridad que me cubría.  Algo en mi interior. Solo quería llorar, gritarle al mundo, la gente me confundía con una marginada, porque no me conocían. Quería que alguien me dijera te quiero;  desesperadamente, llegaban instantes en los que solo podía dibujar corazones, en pequeños trozos de papel. Por qué ha de pasarme esto a mí…no encajo con nadie, creo que la mayoría de la gente cree que me voy a suicidar, pero no, no dejare que piensen eso. Solo…quiero…brillar. Escribía tristes canciones, las cuales rebelaban mis sentimientos al aire. Porque desearía tanto ser feliz, seguramente porque no había notado el amor de una madre a un hijo…en aquellos momentos llorar no servía, pero sí apretarse con fuerza a la almohada, y despertarse hacía un nuevo día, un nuevo comienzo.  Y eso era lo que iba a hacer.

-      Kiara Waldlow, a la pizarra, por favor- le avisó el profesor de historia.- Escríbame la frase en latín “Porque la oscuridad es la ausencia de luz, porque tu presencia hace que se ilumine más de un mundo.”
Temerosa y asustada, me acerque hacia la pizarra. Ya había estudiado la lección la noche anterior, así que se mantenía fresco en mí cabeza. Las miradas de mis compañeros hacían que las manos me comenzasen a sudar y la sensación de nerviosismo se apoderaba de mí. El profesor sabía de la existencia de mi miedo, pero no hacía nada para evitarlo.
Cogí una de las tizas y empecé a escribir, me temblaba el pulso. Mis letras reflejaban mis nervios pero, algo en mi interior, hizo que me relajará y que mi letra fuera clara y precisa. Con ágiles movimientos plasmé en la pizarra la siguiente frase: “Quia lucis absentia tenebrae, quia lux praesentia plures mundi.”
- Correcto, me podría decir que significa.- dijo el profesor que contemplaba con admiración el resultado. Más tarde, observé como apuntaba algo en su cuaderno. Las mejillas me comenzaron a arder sin yo desearlo.
-Sí, claro.- carraspeé y tragué saliva antes de contestar- Es una carta anónima de amor, seguramente, escondida de forma rebuscada en un libro de mitología griega. Quiere decir que no siempre la luz le guía e ilumina.  Está oscuro, aunque eso no significa que sea malo. Únicamente, la presencia de su amada hace que su oscuro corazón se ilumine. Eso la convierte la que guía e ilumina su camino, su vida. Me imagino que, por ese simple y mero hecho, la ama.- terminé de relatar mi respuesta, incrédula de cómo había domado el uso de las palabras.
-  Correcto, lo del final es cosecha suya, ¿verdad Señorita Waldlow?- le preguntó el maestro sin darle tiempo a responder de nuevo- Ya se puede sentar.- volvió a apuntar algo en aquel cuaderno. En aquel instante en el que dijo que lo último que había dicho era invención mía, algo en mi interior le contradecía. Me fui dando largas zancadas hacia mi pupitre. El calor de mis mejillas encendidas se fue reduciendo poco a poco, hasta volver a ser de nuevo mi tez blanca como la nieve recién caída.
Cuando me senté, había un papel hecho una bola arrugada. Lo abrí con delicadeza, dentro había un dibujo de una chica mal dibujada, pintada de negro y un profesor dibujando en su cuaderno. En el papel ponía empollona, rarita, marginada…y más cosas que, tal vez por la costumbre que ya me suponían esas palabras o por mí miedo natural, no pude seguir leyendo. Quedaban dos días para mi cumpleaños, nadie me iba a felicitar. Ya era consciente de eso. Me hacía sentir infelicidad el que nadie se alegrará de que hubiera nacido. Menos mal que era la última clase, quería irme a casa y escribir alguna triste canción que reflejará lo que siento. Quería llorar, sentarme al lado de una ventana y ver a la gente, feliz, pasar por debajo de mí mientras leo un clásico de la literatura. Los libros eran mi vía de escape de la realidad. Tal vez, mis únicos amigos…
Nadie comprendía mi situación, nadie podía imaginarse que es sentir todos los días el rechazo de toda las personas que te rodean, el desprecio que sentían hacia ti y el que terminabas sintiendo tú por su culpa. Echo de menos aquellos tiempos en los que los días anteriores de mi cumpleaños estaba emocionada, ansiosa, haciendo una lista de regalos…pero desde que descubrí lo que sentía mí tía acerca de mí, ya las fiestas de cumpleaños se fueron acabando, los regalos, los cupcakes para desayunar que decían felicidades, todo lo que tuviera que ver con mi nacimiento. Los únicos que me felicitaban eran mis dos primos pequeños y por obligación de mí tía, que les daba alguna recompensa  si me lo decían a primera hora de la mañana.
¡Me he preguntado tantas veces que hago en este mundo! ¿Por qué estoy en este lugar? ¿Quién soy Nunca antes me lo había preguntado hasta hace unos pocos días. Sabía que las lágrimas iban a brotar de mis ojos de un momento a otro. Empezaba a notarme los ojos húmedos, me escocían. De repente, la sirena sonó, ya se habían acabado las clases. Mientras salía a toda prisa las lágrimas empezaron a precipitarse por mis mejillas poco a poco. Ya iba corriendo por el pasillo del instituto cuando la gente me miraba y cuchicheaban entre ellos. Cuando por fin llegue a la puerta principal, salí corriendo, con la mochila a cuestas botándome sobre la espalda.
La piel me ardía, estaba húmeda, apreté los dientes, para no llorar más, pero las lágrimas no se detenían, había llegado a un punto en el que la gente me miraba por la calle. Después de haber corrido todo ese largo tramo hasta mi casa y que nadie me hubiera preguntado nada, ni un simple ¿te encuentras bien? hacia mí,  me hacía sentirme aun peor. Muchas veces había intentado no pensar en ello, pero era muy complicado. Llegué a casa, tenía a mis dos primos merendando en la cocina, pasaron de mí, al igual que mi tía, al igual que todo el mundo. Me fui a la cama directamente.
Me quité toda la ropa, me puse el pijama y me metí rápidamente en la cama. El tacto de las sábanas sobre mi piel mi reconfortaba, pero no detenía las lágrimas. Nadie subía a consolarme. Las preguntas rebotaban en mi mente como un eco constante. Tantas preguntas y ni una sola respuesta. Soy una persona que, sí, ha nacido, pero apareció el 5 de noviembre así como así, como por arte de magia, sin madre, sin padre…sin nadie que me quisiera.
 Las lágrimas cesaron, cogí el cuaderno en el que escribía mis canciones tristes y dolorosas. Empecé a plasmar las palabras brotaban de mí, como la luz nace de la oscuridad. Deje el cuaderno y lo guardé en un cajón bajo llave. Escuché una serie de pasos que se aproximaban a mí habitación. Sin llamar a la puerta entro mí tía, era delgaducha,  de piel pálida, con unos ojos verdes que te atravesaban y una larga melena negra descuidada. Los signos de la edad se hacían presentes en ella, en sus profundas ojeras o sus pronunciadas arrugas en torno al cuello. Vestía con el uniforme de enfermera. Desde joven trabajó en el hospital, en el turno de noche.
-¿Ya estás otra vez metida en la cama? Eres una vaga.- me dijo clavando su mirada penetrante color esmeralda. Su voz sonaba distante y fría, como un témpano de hielo.
-Sí, y no, no soy una vaga.- dije intentando que no se notará que había llorado. Tuve que carraspear varias veces hasta obtener un tono de voz natural. Mi esfuerzo fue en vano
- Menos mal que me quedan solo dos días de soportarte. Hoy ya es tres de noviembre,  así que únicamente quedan dos días para tu cumpleaños. Cumples dieciocho, así que ya no tendré la obligación de mantenerte.- dijo aliviada.
- Ya sé que te quedan dos días para soportarme, pero me los podías hacer un poco más agradables aunque no me quieras.- dije aferrando los puños a mis blancas sábanas
-No podría otorgarte semejante deseo.- le dijo con aires de superioridad- Diecisiete años soportándote…prefiero amargarte estos últimos dos días.-dijo sonriendo de oreja a oreja. Su sonrisa era malévola, al igual que ella.
-¿Pero tan malos han sido estos años conmigo, tan mal me he portado?- dije ya medio llorando.
-No, pero te pareces a tu madre y eso hace que te odie.-dijo mientras se le oscurecía la mirada.- Bueno me voy.-dijo finalmente volviendo la puerta de un portazo. De nuevo el silencio reinaba en la habitación. Era tanta la ira y la frustración que guardaba dentro que la desaté arrojando una de las almohadas de mi cama contra una mesilla llena de frascos y figuritas de cristal. Muchas de ellas acabaron impactadas contra el suelo hechas añicos.
Se oyó el repiqueteo de sus tacones, en las maderas de las escaleras. Yo ya no paraba de llorar otra vez, y ahora tenía otra frase asomándome en mi mente “te pareces a tu madre y eso hace que te odie”.  Mejor quedarme dormida y pensar en que mañana será otro día.

Eran las ocho y media, me duche y me cambie para ir al instituto, llevaba unos pantalones negros, un jersey blanco con transparencias, mi cazadora de piel negra y mis botines rojos favoritos. Preparada para un nuevo día, me decía para animarme. Siempre resultaba inútil, mañana era mi cumpleaños y ya sabía que iba a pasar, otro día que me pertenece pasándolo sola, encerrada en esa coraza. Salí de casa.
Mientras iba por la calle, notaba que las miradas de la gente iban dirigidas hacia mí, yo iba cabizbaja, cuando por fin llegue al instituto, lo mismo de todos los días, miradas celosas, apuñaladas por la espalda, risas, abucheos,  insultos…aquellas paredes acumulaban todo mi dolor. Llorar no servía de nada, pero las lágrimas brotaban solas de mis ojos. Me dirigí hacia el aula en la que tenía la primera clase, plástica, donde imprimía mis frustraciones y dolores en papel. Esa hora siempre se me hacía corta.
Me dirigí hacia el aula de lengua. Esa clase era especial. Allí podía soñar con encontrarme  en uno de esos ocultos y rebuscados libros. Mi mayor deseo siempre fue entrar en un libro del que fuese imposible salir, permanecer prisionera de sus páginas e historias narradas en ellas.
Fui así, de aula en aula esperando a que sucediera algo distinto, había caído en la rutina. Era desagradable pensarlo. Otro día más de mi vida terminaba. Me dirigí hacia casa, cuando me di cuenta de que estaba empezando a llover, así que corrí más y más hasta que llegue a casa. Abrí la puerta, y me metí dentro de casa, tenía a mi tía, se veía que estaba esperándome, cuando estaba nerviosa porque tenía que decir algo importante siempre tenía una taza de su té favorito entre las manos. Cuando me vio me hizo una mueca para que me sentará en el sillón que estaba en frente. Me dirigí hacia el sillón y me senté.
-          A partir de mañana buscaras trabajo y ahorraras dinero, y cuando tengas suficiente te independizaras, y ya no vendrás por aquí nunca más. Te puedes quedar aquí mientras tanto.- dijo ella nerviosa por mi reacción.
-          Está bien.-dije yo conmocionada.
-          Vale, adiós me voy a trabajar.
-          Adiós.
Me dirigí hacia mi cuarto cerré la puerta, la cerré suavemente. Me cambie y me metí a la cama. Mañana ya era mi cumpleaños. Mejor no pensar en ello. Me quede dormida. Y soñé por primera vez en toda mi vida.